Dijo adiós y jamás sintió nostalgia. Desde entonces ha mantenido el bajo perfil, disfrutado de su familia y ayudado a nuevas camadas.
Fuente: Ole
FERNANDO OTERO.
Lacónica, Gabriela Sabatini prefiere el lenguaje de los actos. Hace diez años, en el Madison Square Garden, anunciaba la decisión de abandonar el tenis pese a los 26 años que le garantizaban lozanía incluso a despecho de las adolescentes que, a puro golpe, construían el imperio de las lolitas en el circuito femenino. Y en esta década, ajada para el tenis argentino con polleras a excepción de Paola Suárez (Gisela Dulko no alcanza a salir de la irregularidad, Clarisa Fernández todavía padece luego de una inactividad provocada por lesiones y María Emilia Salerni parece una promesa incumplida), Gaby no cedió a la tentación del retorno. Apenas algunas exhibiciones con su amiga Steffi Graf en Europa y una en Buenos Aires con Anna Kournikova representaron sus aproximaciones al court, como plena ratificación de la sentencia a Olé, en Nueva York, el día que confirmó lo que este diario había anticipado en dos días. “No pienso para nada en eso (aludía a un eventual arrepentimiento). Mi idea es dedicarme a mis cosas”.Y así fue. Sabatini permaneció fiel a los afectos, a sus padres, hermano, cuñada y sobrinas. Profundizó su carrera en el rubro de los perfumes, contribuyó con la Asociación Argentina de Tenis a sostener los programas de desarrollo (sin esperar retribuciones ni difundir su obra, repetidamente aportó dinero para que juveniles viajaran al exterior) y, además, le puso fin al hastío de tanto viaje y desarraigo, una rutina observada desde el inicio de los 80. Gaby ni siquiera reparó en el sentido de la oportunidad, en las sugerencias de los arquitectos de imagen, en cuyos manuales figura la recomendación de alejarse de una actividad cuando el rendimiento aún brinda satisfacciones. Lesiones y una sequía de éxitos que llevaba 20 meses aceleraron la determinación que todavía ella celebra como un acierto.Habitante reciente del Salón de la Fama, una distinción que sólo le correspondía a Guillermo Vilas, la morocha argentina agradeció la inclusión, la deferencia de los organizadores por haber convocado a Graf para la ceremonia y luego calló, fiel a una agenda sin estridencias. Ahí está su foja para explicar —en parte— tanto talento deportivo, que el tiempo se ha encargado de poner en sitio exacto. Antes, durante y después de Sabatini hubo tenistas de mayor constancia en los triunfos grandes. Un Grand Slam (Estados Unidos 90) y un par de Masters (1988 y 94) suponen una cosecha fina en comparación con predecesoras (Martina Navratilova, Chris Evert), contemporáneas (Graf, Monica Seles, Arantxa Sánchez) y sucesoras (Martina Hingis, las hermanas Williams, Justine Henin-Hardenne, Lindsay Davenport). De la Gabriela que supimos conseguir importaban más sus vaivenes emocionales antes que su riqueza técnica, difícil de hallar entre las mejores de la WTA. Hoy, que su ausencia asume dimensión gigante porque la herencia todavía no ha sido recogida (¿acaso no hay reminiscencias del castigado Carlos Reutemann, subcampeón de la F-1 25 años atrás?), se la extraña como es debido y merecido.
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